Tierra 2

planeta tierra

Nota: Este artículo apareció en Público entre el 17 y el 24 de agosto, dentro de una serie que he denominado Con ojos de astrónomo.

El 6 de octubre de 1995 aparecía en la revista Nature la noticia de un descubrimiento realizado en el Observatorio de Haute Provence, en Francia por dos astrónomos suizos: la estrella que lleva el número 51 de la constelación de Pegaso en el catálogo de Flamsteed se movía rítmicamente, alejándose de nosotros durante dos días para luego volve a acercarse durante otros dos. 51 Peg está tan lejos de nosotros que nadie podría medir directamente ese bamboleo, que debe darse también hacia un lado y hacia otro aunque tampoco lo podamos ver, pero la luz es capaz de transmitirnos esa información a lo largo de los 50 años-luz que nos separan de ella. Es el efecto que describieron para todo tipo de ondas Doppler y Fizeau el que mostró que esa estrella, por alguna razón, bailaba. Al acercarse o alejarse, la luz se vuelve algo más azul o algo más roja, respectivamente.

Puede parecer nimio que unos astrónomos se preocupen por algo así, pero eso es porque no miramos habitualmente el Universo con ojos de astrónomo: si esa estrella baila es porque algo la menea; un movimiento pequeño, como correspondería a un cuerpo con la mitad de la masa de Júpiter que estuviera dando una órbita cada cuatro días a algo menos de diez millones de kilómetros de la estrella. Hace casi 13 años se había descubierto el primer planeta extrasolar, o exoplaneta.

Desde ese día no han parado de descubrirse evidencias de exoplanetas. El censo ya ha pasado de trescientos. La mayor parte de ellos, como ese Belerofonte (nombre que se quiso poner al primer planeta descubierto en torno a 51 Peg) son planetas grandes, gaseosos como Júpiter o Saturno, en órbita en torno a sus soles a menos distancia que Mercurio lo hace en torno al Sol. Pero algunos, poco a poco, nos van permitiendo acercarnos, en tamaño y en órbita, a nuestra Tierra.

Aún no ha aparecido Tierra-2. Pero solo es cuestión de tiempo.